El camino

Nunca sabes cuando tendrás que abandonar un camino y empezar otro. El camino hacia una nueva meta, una que incluso nunca te hayas planteado. No importar que fueses (o que creyeses que fueses) por el camino correcto. Ni importa que el camino estuviese despejado y soleado. No importa que te sintieses cómoda en él. Ni siquiera importa que no fueses tu la que eligiese abandonar ese camino, a veces la vida decide por ti. Pero el caso es que un día, sin previo aviso, el camino llega a su fin, sin más. Y, de repente, te ves de rodillas, con la cabeza agachada mirando al suelo, preguntándote, una y otra vez, que vas a hacer ahora (que por cierto al agachar la mirada, descubres lo gastados que estaban ya esos zapatos y, al parar, por obligación, te das cuenta de cuanto te dolían los pies).

Y como te duelen los pies y los zapatos están rotos, te sientas a descansar, a la sombra, mientras miras atrás el camino. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede haber pasado? Un camino recorrido durante tanto tiempo, aplanado con esfuerzo para hacerlo más llevadero, con metas en tu cabeza, con vistas al horizonte…. ¿cómo puede haberse acabado? Y entonces te sientes perdida, y lloras. Y decides quedarte ahí, absorta.

Pero un día todo cambia. No sabes si algo, si alguien (si tu misma) te gira la cabeza y te muestra nuevos caminos. Caminos que no habías visto o que habías olvidado, con nuevas metas, con nuevos horizontes. Y descubres de nuevo un pájaro en el cielo que habías perdido de vista. Y sonríes, te levantas y te atreves. Te atreves a soñar de nuevo. Te levantas y abandonas ese camino marchito que, sin darte cuenta, te había atrapado. El camino del conformismo que te regalaba estabilidad (bendito tesoro en los tiempos que corren), pero poco más. Y piensas de nuevo en tu vaquita y en como la tiraron por el barranco. Y esbozas una sonrisa, pero te vas, para siempre.

Sale el sol (y hasta te sientes culpable por sonreir en medio de la tormenta, pero sonríes). Te calzas unos nuevos zapatos y emprendes un nuevo camino. No sabes lo que te espera pero has dado el primer paso, ya no hay vuelta atrás, hay que seguir caminando. A lo lejos, la niebla borra el camino que ya dejaste. Y así, continúa tu historia.

 

Caminar, despacio.

Caminar despacio, saboreando lentamente el café de la mañana, mirando tus pasos mientras caminas, dejando tu huella. Observando la vida por la ventana desde el asiento del copiloto. Escuchando la brisa, sintiendo la lluvia, secándote al sol. 

Caminar lentamente, degustando un vaso de vino antes de la comida, mojando pan en la salsa hasta que se acabe si es de las que te gustan, saboreando el postre. Viendo hervir la leche  y subir el café de media tarde. 

Caminar poco a poco. Abriendo un paragüas transparente para mirar el cielo si llueve. Parando delante de un espejo para mirar tu sonrisa. Mirando otros ojos al cruzarlos, sintiendo la respiración si se acelera. Con los dedos enlazados a otra mano. 

Caminar paso a paso. Parando a bailar una canción que te gusta cuando suena de repente. Mirando las estrellas antes de irte a dormir. Bebiendo agua fresca a media noche en una noche de verano. Apagando el despertador y quedándote un poco más en la cama.

Caminar sin prisa, y vivir, pero vivir de verdad. Que la vida pasa más rápido si vamos corriendo. Detenerse, coger aliento, parar para poder seguir, y volver a caminar, pero despacio. Eso… lo estoy intentando.