La Pluma. Relato Corto

En aquel enorme museo, insignificante tras un cristal, yacía la pluma. La indiferente pluma que un dí­a fue la diosa de las palabras. Frente a ella, en una silla y atado a unas manos, ese odioso rectángulo de luces, colores y pitidos infernales al que todos se aferraban, ese que, a su parecer, se apoderaba del alma humana como si del demonio se tratase.

La sala empezó a llenarse de más de esos chismes esposados a los finos dedos que los sujetaban. Ella quedó detrás de la sala, olvidada de nuevo. Mientras miraba absorta la multitud que entraba casi sin percatarse de su presencia, recordaba, como si fuese ayer, su prioritario sitio en la mesa de aquel escritor de éxito. Aún sentía la frí­a tinta correr por sus venas, sentía la euforia de aquel que la convertía en sus manos para aquella creación que hoy pervive, precisamente, en esas frías pantallas, perdida por la inmensidad de eso que llaman la red (que ahora que lo pensaba, que mejor forma de llamar a eso que hoy los atrapa).

Se acordó entonces de su primer fiel compañero, el papiro, y también de ese blanco papel que relucía siempre que ella se alzaba. Uno se perdía en la sombra y el otro, sobrevive a duras penas entre mesas de escritorios y oficinas, pereciendo poco a poco. <<Yo, al menos, me conservo en un museo, se puede decir que he tenido suerte>>, pensaba.

De repente, aquella multitud que habí­a ocupado la sala empezó a ordenarse y el silencio volvía a retumbar en las paredes. La puerta se abrió y apareció una figura triste y cansada que le recordaba a alguien. Pronto entendió que aquella persona era el motivo por el que todos estaban allí (no iba a ser ella, eso por supuesto). Los pequeños (o grandes) rectángulos del infierno que tanto odiaba se alzaron hacía el protagonista de la sala, que sacó otro de esos odiosos rectángulos. Entonces empezó el juego. Tres palabras al azar, un poema, dibujado por aquel hombrecillo en esa fría pantalla. Recordó entonces aquella vela que alumbraba cada palabra a la que ella daba vida, los borrones y vuelta a empezar de cada noche, la magia. Curiosamente, la sensación de aquella sala era parecida, sólo que sin velas y sin borrones. Aquel hombrecillo hací­a algo hermoso, creaba melodía con sus manos, con su particular ella, que le ayudaba a unir letras unas con otras para que la melodía sonase y quedase inmortalizada en el tiempo para siempre. Otras tres palabras y nuevos versos, ante la mirada atónita de la multitud que guardaba cada instante en esos papiros virtuales. Y así, tres secuencias de palabras.

-“Y esto, queridos amigos, es la creación”, dijo el hombrecillo.

Todos aplaudían y la pluma entendía que aquel hombrecillo triste fue quien tantas otras noches había renacido con ella de la mano. Y en ese preciso instante, la pluma se hizo invisible…

Cuando volvió a mirarse estaba en las manos de aquel hombrecillo triste que había encandilado a todos con sus palabras, convertida en una fría pantalla donde se dibujaban letras. Y entonces, lo entendió todo…había pasado a formar parte de esa evolución que tanto odiaba…