Cuento. El arquitecto

 

Había una vez dos hermanos que vivían en un hermoso reino. El más pequeño de ellos pasaba las horas y las horas dibujando casas, enormes casas, con maravillosos ventanales y balcones que bien podrían ser la envidia de los más altos mandatos del reino. El mayor tenía la extraña costumbre de unir ramas con todo lo que encontraba, cuerdas, arcilla, pegamento… cualquier cosa podía valerle para construir estructuras resistentes.

Una mañana, el hermano pequeño, quiso dar vida a uno de sus dibujos, pero por más que lo intentó, la estructura se venía abajo una y otra vez. Probó con otro, y después con otro, una y otra vez, pero el resultado era siempre el mismo. El mayor, que pasaba por allí al derrumbarse una vez más el intento fallido de su hermano, se interesó por saber qué había ocurrido. Miró el papel, analizó el dibujo de su hermano y, en menos de cinco minutos, el dibujo que yacía inerte en el papel tomó vida de forma gloriosa y resistente. Ante el asombro del pequeño, éste decidió compartir sus dibujos con su hermano mayor y pronto todos sus diseños fueron tomando forma.

Pasaron los años y el hermano pequeño se convirtió en uno de los arquitectos más famosos del reino que, con la ayuda de su hermano mayor y otros muchos como él que se fueron uniendo a la aventura, fueron dando forma a las más famosas viviendas del reino. Tal fue la fama que alcanzó el arquitecto, que hasta los reyes le encargaron hermosos palacios donde asentarse. El arquitecto, su hermano mayor y el equipo de aventureros eran felices recorriendo mundo y mostrando a todos la inmensidad de sus obras.

Pero un día, todo cambió. El pequeño hermano, que siempre había agradecido y reconocido ante todos el trabajo de su hermano mayor y de todo el equipo que dirigía, dejó de hablar de ellos. Cuando inauguraban un edificio, nunca llamaba al equipo. Si le preguntaban que quien había hecho tal mansión, decía que había sido él solito. Cuando algún edificio suyo era premiado, no compartía lo que ganaba. Y hasta dejó de tratar a su hermano como a un verdadero hermano, limitándose siempre a darle órdenes y a desvalorar continuamente a todo el equipo que los acompañaba.

Fue por aquel entonces cuando una princesa de un lejano reino le encargó al arquitecto uno de los edificios más importantes de toda su carrera. Debía hacer tres palacios, con sus piscinas, sus jardines y perfectos interiores que se inaugurarían ante los representantes de todos los reinos. Inmediatamente, el hermano pequeño se dirigió a su hermano mayor y, con aires de grandeza, como siempre últimamente, le explicó el proyecto que había diseñado.

-No puede fallar nada, ¡¡me oyes!! –le gritaba-. Después de esto seré reconocido como el arquitecto más importante de la historia y nadie podrá pararme, porque soy el mejor de los mejores de toda la historia.

El hermano mayor, cansado de la prepotencia de su hermano pequeño, habló con su equipo y trazó un plan perfecto para que su hermano aprendiese a valorar de nuevo el trabajo de todo el equipo… ¡¡Y funcionó!!!

Llegó el día de la inauguración del edificio. Tal como el hermano pequeño había comentado, los más importantes cargos del reino estaban todos allí, expectantes, y el hermano pequeño presumía de su obra una y otra vez, de esa que decía que el mismo había levantado con sus propias manos y que era tan resistente que el mismo Ulises podría pisarlo y no lograría derribarlo. Cuando el edificio se presentó, todos quedaron, como siempre, asombrados por su grandeza.

-Quiero daros las gracias a todos por confiar en mí para la realización de este proyecto. Ha sido un placer no sólo diseñar este edificio, sino también levantarlo piedra a piedra con mis propias manos para…..

De repente, se oyó un enorme crujido y el edificio se vino abajo ante la mirada atónita de todos los asistentes, que pronto empezaron a sorprenderse por el trabajo tan malo que esta vez había realizado el arquitecto. Su fama, como el edificio, se vino abajo en cuestión de segundos.

Enfadado, el hermano pequeño se dirigió al mayor a gritarle todos los insultos que pasaban por su mente, pero mientras más gritaba y gritaba más se reía el hermano pequeño-

-¿Se puede saber de qué te ríes?, -preguntó el pequeño enfadado.

-¡¡Ay hermano, hermano!!, jamás pensé que la fama acabaría contigo de esta manera, pero lo que menos pensé aún es que olvidarías un día que un edificio, por muy bien diseñado que esté y muy bonito que luzca sobre el papel que lo acoge, jamás será nada si nadie le da forma, ¿o te has olvidado ya de los dibujos que hacías cuando eras pequeño? Ahora ya sabes que un arquitecto nunca será nada sin unos obreros que arrimen el hombro para sacar adelante el trabajo. La próxima vez, no olvides que tus ideas sólo se hacen brillantes si tu equipo las sostiene y las mejora, así que procura no enfadarlo y darle las gracias de vez en cuando…